20/10/14

Madrigal triste

¿Qué me importa que seas casta? Sé bella y triste.
Las lágrimas aumentan de tu faz el encanto.
Reverdece el paisaje de la fuente al quebranto;
La tormenta a las flores de frescura reviste.
Eres más la que amo si la melancolía
Consterna tu mirada; si en lago de negrura
Tu corazón naufraga; si el ayer su pavura
Tiende sobre tus horas como nube sombría.
Eres la bien amada si tu pupila vierte
-Tibia como la sangre- su raudal; si aunque blanda
Mi caricia te arrulle, lenta y ruda se agranda
Tu angustia con el trémulo presagio de la muerte.
¡Oh voluptuosidades profundas y divinas!
¡Salmo de los deleites entonado en sollozos!
Tus ojos, como perlas, son fuegos misteriosos
Con que las interiores penumbras iluminas.
Tu corazón es fragua; la pasión insepulta
Como ascua inextinta, dispersa su destello;
Y bajo la celeste blancura de tu cuello
Un poco de satánica rebeldía se oculta.
Pero en tanto, adorada, que no pueblen tus sueños
Pesadillas sin término, reflejos avernales,
Y en lívidas visiones de azufre mil puñales
Tajen tu carne ebria de filtros y beleños,
Y a todas las quimeras pávidas esclavizadas
El augurio funesto mires a cada paso,
Y convulsa te acojas al letárgico abrazo
Del tedio irresistible que anuncia la alborada.
Tú no podrás, oh sierva que me impones tu ley
Y a tu amor me encadenas perversa y temblorosa,
Decirme desde el antro de la noche morbosa,
Con el alma en un grito: "yo soy tú mismo, ¡oh rey!"


Autor: Charles Baudelaire